Publicado en la Revista ZERO, noviembre 2003 (p. 105 – 110). Por The Absolut + Coordinación Carlos de Cires.
Para muchos españoles, gays o de la otra acera, esta ciudad es
fundamental y recurrente. Todos conocemos a alguien que haya pasado unas
vacaciones en la capital de la República Checa o que en su defecto , piense en
breve visitarla. Pero además de ser tan popular, ¿qué tiene de especial? ¿Hay
marcha? ¿Cómo es la gente? ¿Es barata? Son preguntas tan sencillas de responder
como la misma mentalidad de los checos. Un pueblo que , como ellos mismos
declaran sin ningún problema, restauró su vida normal en 1989 con la “revolución
terciopelo” (denominación por donde los haya) dejando esta capital lista para
volver a un esplendor que nunca tuvo que perder y que se manifiesta con fuerza
en cada una de sus calles, iglesias, cafés….
Y así, casi quince años después del cambio político y con una maleta
llena de ilusiones, aterrizamos en esta bella ciudad y lo de bella, por favor,
que no quede en agua de borrajas… porque es simplemente espectacular. Hay tanto
que ver, tanto que sentir, tanto que caminar, que el turista puede llegar a
agobiarse. Tantos siglos de historia dan para mucho y se nota. Por eso, para
todos los que quieran ir a esta ciudad por primera vez, les recomiendo
tranquilidad y nada de atropellos, que si uno se programa, hay tiempo para todo,
tanto para mariconear como para la parte más cultural.
Y empezando
por esta última, digamos que lo mejor para una escapada (el típico fin de semana
largo) es dividirse el tiempo entre las visitas más turísticas entre Mala Strana
y la Ciudad Vieja (Stare Mesto), es decir ambas orillas del río Vltava.
En la visita a Mala Strana domina el castillo que resume la historia de
la ciudad a través de once siglos y es un paraíso para los cazadores de fotos
“encantadoras”, ya que incluye la catedral (con un conjunto de vidrieras
excepcional), el antiguo Palacio Real, la basílica de San Jorge, el precioso
callejón dorado donde trabajaba Kafka, los increíbles y bellos jardines con unas
espectaculares vistas sobre toda la ciudad. Pero según se baja de estos jardines
y se llega al nivel del río (pasando antes por el monasterio de Loreto, por
ejemplo) siguen las sorpresas, como la “pasada” barroca de la iglesia de San
Nicolás o el momento kitsch Nuestra Señora Victoriosa con el famoso Niño Jesús
de Praga.
Y entre una zona y otra, uno de los puentes mas famosos del mundo, el
largo e increíble puente de Carlos que nos lleva a la ciudad vieja y por defecto
al gueto judío: dos ambientes muy distintos pero que invitan a disfrutar de la
belleza natural de esta milenaria ciudad. De la zona judía lo más destacable es,
sin duda, el cementerio judío. Y de la zona más antigua, la plaza y el reloj
astronómico.
Pero, que queréis que os cuente, esto es una revista marica y
por mucho que Praga por sí misma tenga mucho que ofrecer, es la vida gay (que se
debate como puede entre lo comercial y lo particular) lo que al turista
abanderado del arco iris le dejará igual de impresionado que la primera vez que
cruce el puente de Carlos, con esas hordas de turistas americanos, españoles,
ingleses y un buen puñado de nacionalidades más.
Y es que para el turista gay, la cultura checa homosexual raya en lo
alienante; se presenta ante ti, te envuelve y acabas pensando si es que están
atrasados o si, realmente, presentan una opción, a veces un poco amoral, sobre
este ambiente tan nuestro. Será debido a que la gente checa es naturalmente
cerrada y que los tiempos de represión soviética no están suficientemente
perdidos en la memoria, pero es que lo gay, sin ser algo triste, sí que se mueve
a un ritmo distinto. Por ejemplo…el primer encuentro con un miembro de la
comunidad LGTB fue con Jirka, que tiene una pagina web muy útil si quieres
alojarse en casas particulares y para saber de fiestas, saraos y hasta chulos de
alquiler. Bueno, pues en nuestra primera conversación sí que percibimos, al poco
de tomarnos la primera copa, ciertos prejuicios sobre la pluma y sobre cómo un
homosexual debe comportarse. Igual que desconcertante resultó el café que me
pude tomar con Daniel, uno de los impulsores del deporte gay en la República
Checa.
Este curioso personaje (no tenía mucha pinta de deportista) me puse más
en la orbita “colectivo”, contándome cosas como que Praga es, sin duda, el lugar
donde emigran todos los gays y lesbianas de la República (que por cierto no
ocupa más que Andalucía) y que todavía pesa un pasado hostil ante los
homosexuales desde el tiempo de la ocupación. Y se aventuraba a declarar, que la
razón por la que no veía la necesidad de un día del Orgullo era porque no se
necesitaba declarar a los cuatro vientos su opción sexual. Sin embargo, lo
curioso es que, frente a esta supuesta intención de conservar el armario con su
candado y todo, los checos tienen un calendario “rainbow” bastante interesante:
un festival de cine (Mezipatra), una asociación muy activa (Iniciativa) y una
agenda de reclamación de derechos que está puesta al día con la búsqueda en la
actualidad de la igualdad de las parejas del mismo sexo.
Además, hay
gente que ha salido del armario como Martin Krafl, o Vitek (un cantante), y un
actor llamado Hromada.
En resumen, que la vida gay está, poco a poco, tomando un pulso nuevo a la ciudad. El tema de la prostitución sigue ahí…, pero se están abriendo nuevos cafés como Erra que normalizan la movida gay. Y eso sin olvidar el tema de turismo homosexual, que hace que una ciudad como Praga, de poco más de un millón de habitantes que hace apenas una década estaba en las catacumbas de lo gay, tenga un poco para todos: Eláter, drag queens, chaperos, “modernos”… Es decir, gracias a este intercambio entre extranjeros y locales, el ambiente homosexual en Praga es tan importante para la ciudad como los espectáculos de teatro, como la Linterna Mágica, el puente de Carlos o, que me perdonen los católicos, el niño Jesús de Praga!


